Una dieta sana

Una dieta sana

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Se han realizado numerosos estudios sobre los efectos de la mayoría de los alimentos corrientes en el funcionamiento del organismo, y gracias a ellos aumenta en los países desarrollados la difusión de datos sobre la manera más sana de alimentarse. Así, abundan las recomendaciones, ciertamente concretas en muchos casos, de adoptar el consumo de unos productos y descartar el de otros. Sin embargo, a pesar de que se cuenta con más información y de que cada vez es mayor el número de personas que toma conciencia acerca de la alimentación, el proceso de adaptación mental a una nueva forma de considerar cada alimento es lenta, por lo cual subsisten ciertos hábitos alimentarios decididamente nocivos para la salud.

Los cuatro grandes elementos que componen la mayoría de los alimentos que suelen consumirse son las grasas, los hidratos de carbono, las proteínas y las vitaminas. Ninguno de ellos es perjudicial en sí, siempre que se combinen de forma óptima para beneficio del organismo y que se evite el abuso o la carencia de cualquiera de ellos o de todos. Puede decirse que el secreto para mantener el cuerpo en el estado más sano posible reside en mezclar, de forma equilibrada, los nutrientes esenciales y en comer con moderación.

LAS GRASAS
El organismo necesita grasas, puesto que las utiliza para producir energía, pero hay que distinguir entre las que, con gran variedad, pertenecen a los tres grandes grupos en que pueden dividirse: las grasas saturadas, las insaturadas y las poliinsaturadas. Las primeras, en particular las de origen animal, son las menos recomendables por su alto contenido en colesterol –elemento causante de dolencias cardiovasculares y, por tanto, contraindicado en esos casos– y en calorías –causa directa de la obesidad porque el organismo, al no poder utilizarlas todas ni desprenderse del exceso, las acumula–. Entre los alimentos más ricos en ellas se encuentran los sesos, la yema de huevo, la mantequilla, los mariscos y algunos pescados, los quesos más grasos, la carne de mamífero y el chocolate.

Por el contrario, las poliinsaturadas, por lo general de origen vegetal, son las más convenientes porque no producen elevados niveles de colesterol en la sangre, sino que permiten reducir esos niveles cuando son altos. Estas grasas se encuentran en los aceites vegetales, como los de maíz, uva, girasol o soja, y en la margarina vegetal, que con preferencia deben consumirse en crudo. En todo caso, debe tenerse en cuenta que la ingestión diaria de grasas debe constituir el 20% del aporte energético. Una ingestión mayor o menor puede desequilibrar el aporte idóneo y causar alteraciones en el buen funcionamiento del organismo.

LOS HIDRATOS DE CARBONO
También los hidratos de carbono son elementos necesarios para el organismo, porque éste también recurre a ellos para producir energía. Pero, a diferencia de la energía que se produce a partir de las grasas, la que se obtiene de los hidratos de carbono proviene de la conversión, por distintos procesos, de los azúcares y de los almidones o féculas que integran los hidratos de carbono como componentes principales. Así como los azúcares se absorben rápidamente, los almidones o féculas son lenta y laboriosamente absorbidos. Por dicha razón, los primeros están considerados como un reconstituyente de efectos casi inmediatos. Los principales alimentos corrientes en los que destaca el contenido de hidratos de carbono son, por supuesto, los dulces en todas sus versiones, caramelos, bombones, postres, pasteles, galletas, mermeladas, y los cereales, por lo que se incluyen todos los productos elaborados con ellos, como el pan y las pastas italianas en general espaguetis, fideos, raviolis, pizzas, lasañas, etc.

Aunque se atribuye una relación directa entre la ingestión de hidratos de carbono y la obesidad, lo cierto es que la culpa debe recaer en el consumo abusivo de ellos. Por ejemplo, si al beber un vaso de leche, que ya de por sí contiene azúcar, se le añade más azúcar, se ingerirán innecesariamente muchas más calorías. Además, debe tenerse en cuenta que el abuso de azúcares, en cualquiera de sus formas, conduce a la producción de caries y puede ser peligroso para quienes sufren diabetes. Para los adictos a los alimentos dulces que deban reducir el consumo de azúcar, existe el recurso de emplear otros edulcorantes menos calóricos, como la miel o la melaza.